Atomic Runner (I)

Atomic Runner (I)

EL HOMBRE NUCLEAR (1ª Parte) Por S*T*A*R.

Ya no fantaseamos con la idea de que el átomo es nuestro amigo, ya no nos creemos que podemos mejorar la especie humana con radiaciones atómicas, la mutación genética positiva ya no existe y aún menos si ha de llegar de tierras siberianas. Esperanzas como la protagonizada por Atomic Runner han fisionado en mil pedazos. O eso es lo que queremos hacer creer.

Hubo una época en la que estábamos convencidos de que la energía nuclear sería parte intrínseca de nuestra realidad, tanto en lo bueno como en lo malo. Las centrales nucleares nos proporcionarían electricidad indefinidamente y a bajo coste, los vehículos se moverían con energía nuclear, conoceríamos los submarinos nucleares y los relojes nucleares, tal era el poder del átomo que creíamos a pies juntillas que la cosa iría a más. Los peligros y riesgos nos parecían contrapartidas aceptables porque esa potente fuente de vitalidad nos abría infinitas posibilidades de futuro… hasta el 26 de abril de 1986, día de la hetacombe de Chernóbil.

Nuestra perspectiva hacia el átomo cambió, acaso con ciertas ilusiones rotas, un desengaño como el de abrir una caja esperando encontrar una de esas estupendas hamburguesas que nos muestran en el mostrador de un establecimiento de comida rápida y encontrarse con una miseria de panecillo aplastado con algo blandito dentro, simplemente un quebrado en las expectativas, nada trascendental que pasó a referenciarse como alternativa distópica, pasar de esperanza a desesperanza, de imaginación a fantasía, de sueño a pesadilla. Sin embargo, las apuestas intelectuales habían sido demasiado altas, tanta inversión emocional no podía perderse, así que, simplemente, convertimos aquello que nos gustaba por poder ser bueno en algo que nos gustaría por ser malo, catastróficamente controlado, soñar con una destrucción simulada.

En estos casos la distopía da mucho más juego que la utopía, es más fácil imaginar escenarios improbables porque la presunta inacción es estéril, si no se cumple lo vaticinado es, en realidad, una victoria moral, la misma interpretación artística de este tipo de hechos permite una interactividad que generalmente se basa en evitar precisamente las desgracias previstas, y en el momento que esas se fundamentan en sucesos reales como el caso Chernóbil el objetivo es doble; por una parte aceptar y reconocer una situación irresoluble, y por otra parte solucionarla en un marco irreal a la par que esperanzador.

PÍXELES DE PLUTONIO

En el entorno del entretenimiento por vídeo hubo y hay referentes proporcionales a la desgracia de la central nuclear de Chernóbil. Desde aquellos Nuclear Bowls (íd.; Diabolic/Zigurat, 1986) y Chain Reaction (íd.; Durell, 1987) para ordenadores ZX Spectrum o The Syndrome Chernobyl (íd.; Cosmi, 1988) para Commodore 64, hasta los más recientes Czarnobyl Terrorist Attack (íd.; Silden, 2011) o la actual serie  S.T.A.L.K.E.R. han procurado una alternativa a la realidad, una vía de escape para un mundo insatisfecho habitado por personas insatisfechas pero al mismo tiempo frívolas y resignadas. El átomo es malo, costaría hacerles cambiar de opinión.

«‘Atomic Runner’ se presenta como una conversión pero al alza»

Esta balsa de aceite conceptual de pasiva resistencia y de ahora pongo una mejilla y después la otra cuenta con las obligadas excepciones. Una de ellas es Atomic Runner (Chelnov; Data East, 1988), un juego para máquinas recreativas que cuenta la leyenda que se las tuvo con la moral por tomarse a la ligera (supuestamente) el asunto Chernóbil. Se dice que Data East fue acusada de ligereza de cascos por llamar Chelnov a su nuevo juego, nombre de cierta similitud con la población ucraniana que sufrió el desafortunado escape nuclear y su consiguiente radiación. Data East se defendió argumentando que dicho nombre no era más que una variación de otro título de la casa que había tenido notable éxito apenas un año antes, Karnov (íd.; Data East, 1987). En ambos casos los protagonistas eran personajes soviéticos y, lógicamente, ambos personajes tenían nombres soviéticos. Por si acaso, y para no tentar demasiado a la suerte, Chelnov se vería traducido fuera del archipiélago nipón con otro nombre, Atomic Runner.

Pero no es la versión recreativa la edición a repasar, sino la versión de Mega Drive de 1992. En unos tiempos convulsos en los que la intención del ocio doméstico era ser lo más fieles posibles a lo disponible en el ocio público, Atomic Runner se presenta como una conversión pero al alza, una interpretación gráfica que supera con creces a la original de recreativa, un acondicionamiento sonoro notablemente digno y una evaluación de la jugabilidad al servicio del jugador, que podía elegir su nivel de dificultad y su disposición adecuada en cuanto al control de mando para definir las acciones de juego a la manera que le resultara más cómoda. […] 

Publicado en Star-t Magazine 04, Junio 2011

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